Aprendiendo a leer

PombasRELATO2

La tarde era larga, verdeaban ya las semillas del maíz. Helena se había pasado las horas dibujando en el serrín que cubría el suelo de la cocina. Le gustaba el olor de aquel polvo seca, que traían a casa en sacos para que absorbiese la humedad del suelo después de fregarlo. Le gustaba sentarse en el suelo de la cocina, aspirando el olor de las serraduras y de la lejía mientras dibujaba con los dedos. Dibujaba casas con el humo saliendo de las chimeneas; dibujaba pájaros e inventaba cuentos que contaba a su madre hasta que ella, harta de que revolotease a su alrededor, la obligaba a callar y Helena se marchaba con el abuelo. Esa tarde la madre amasaba una empanada para la comida del día siguiente. Una empanada de pichones. El abuelo entró en la cocina y le dijo a la niña:
-Ven conmigo. Voy a enseñarte una lección de ser mayor.

Siempre que el abuelo pretendía enseñarle alguna cosa nueva sentía mucha ansiedad, se angusbiaba. Una vez le pidió al abuelo que le enseñase a leer libros y el le respondió que antes de leer las palabras tenía que leer en los dibujos y, antes, en las personas y en las cosas. El abuelo la cogió de la mano y salieron de la casa.

Atravesaron la huerta esquivando las ciruelas que les golpeaban la cara y esquivaron gallinas y abejas. El abuelo la sentó en el banco de piedra y, cargando una cesta de mimbre, entró en el palomar. Salió rodeado de plumas y palomas enfadadas. Helena trazaba en la tierra con un palo una línea de humo, un comanche, un submarino. El abuelo se sentó a su lado con la cesta llena de pichones y le ofreció uno. No dejaba de piar. Se preguntó si tendría frío pero el abuelo le dijo que lo que tenía era miedo, que le ocurría lo mismo que a ella cuando estaba asustada: le latía el corazón tan fuerte que se escuchaba más que las campadas del carrillón del pasillo.

Le pidió que le prestara atención. Cogió un pichón en las manos y le retorció el cuello. Fue muy fácil y muy rápido: el pichón dejó de piar y el abuelo lo depositó en la cesta, con la cabeza caída hacia un lado. Volvió a hacer lo mismo con otro: con cuidado, le giró el cuello con la mano derecha hasta que quedó tierno y callado y se lo puso a Helena en las rodillas, sobre el vestido manchado aún de serrín. Le dio uno vivo y le pidió que le retorciese el cuello hasta sentir como crujía, como estaballa como una ramita seca que se rompía. Pero la niña no pudo hacerlo por mucho que pensase en cuánto le gustaba la empanada de pichones que hacía su madre, en cómo mordía los diminutos huesos y en cómo rebuscaba la carne en el refrito de cebolla.

No le gustó la lección de ser mayor que le dio el abuelo esa tarde, quizás porque leyó el miedo, letra a letra, en los latidos de un corazón. En el pudrirse de las ciruelas claudias, desparramadas por el suelo y amarillas como la nostalgia, leyó la fugacidad de los momentos felices.

Texto y fotografía: Anxos Sumai.
“Lección de lectura”, Guía dos libros novos, sección Hemifestio Oeste (2003)
Fotografía: Palomas, praza Durbar (Kathmandú, Nepal), enero de 2007.